Algunos autores afirman que, en un momento de extraña lucidez , Kruschev describió a su nación, la patria del socialismo, con una sorprendente sinceridad: «Somos el Alto Volta con Cohetes Espaciales».«Hay guerras calientes que terminan con la paz, y guerras frías que no terminan nunca».Don Juan Manuel.
Sea cierto o no, habría que esperar hasta la era de Gorbachov para encontrar otra frase tan sincera como demoledora en labios de un líder soviético. En una charla amigable con Mitterrand este le preguntó desde cuándo estaba en crisis la agricultura soviética. Gorbachov respondió: «Desde 1918 más o menos».
¿Era esta la Unión Soviética que lideró la carrera espacial, la cabeza del Pacto de Varsovia, cuyas divisiones acorazadas ocupaban Alemania Oriental y aseguraban poder ocupar Europa Occidental en tres días?.
Sí. Y ese era el problema. Tratar de ser una superpotencia planetaria y construir una economía planificada que sostuviese ese intento.
Este libro se dedica a contar la historia de ese sueño. ¿Cómo fue posible que un país pudiese poner un hombre en el espacio y no pudiese proporcionar una calidad de vida mediana a sus ciudadanos? Esa fue la contradicción que destruyó la URSS.
Es una historia de la URSS durante la Guerra Fría, cuando se fue perfilando frente al mundo, expandiendo sus fronteras mediante satélites y aliados, y lanzando un desafío reclamando un poder mundial intercontinental y transoceánico.
Sobre las ruinas de la derrotada Alemania Nacionalsocialista, Stalin soñó con un Imperio que cumpliese los sueños de los zares: soldados rusos mojando sus botas en mares de aguas cálidas. Hizo todo lo posible por lograrlo, y justo cuando creía que el sueño era posible, que podía convertir a Turquia e Irán en satélites propios, los EEUU reaccionaron con firmeza obligándole a renunciar a sus propósitos. Toda su política posterior no pudo ocultar las dimensiones de ese fracaso, que sus sucesores trataron de superar. Occidente respondía al desafío, y empezaba una guerra sin batallas, pero no sin ejércitos.
Kruschev no fue más que una figura hueca comparado con su antecesor. Amenazas, bravuconadas, riesgos mal calculados… No era más que un nekulturny, el bufón de Stalin, y el más inútil de sus legados. Puso en cuestión el poder militar de la Unión Soviética, amenazando su prestigio internacional. Su caída era inevitable, como inevitable fue el ascenso de Brezhnev.
Si con Stalin hubo culto a la personalidad, con Brezhnev hubo culto sin personalidad. La Unión Soviética se había asentado definitivamente, y eso se reflejaba en sus líderes. La casta dirigente no estaba ya formada por revolucionarios sino por funcionarios, por los aparatchnik. Eran jóvenes educados en el socialismo, y que habían ascendido dentro del aparato estatal en base a su lealtad y a su compromiso con el Partido y su estructura burocrática. Habían sido recompensados con privilegios y poder, y se habían convertido en la Nomenklatura, la casta dirigente. No tenían un compromiso ideológico con la revolución, pero sí con el poder y el Partido. La Unión Soviética había llegado para quedarse, y ellos también. Así se explican los decididos esfuerzos de Brezhnev por lograr acuerdos de control de armamentos con Occidente que permitiesen reducir el gasto militar y asegurar el futuro de la URSS mediante un reconocimiento expreso y un clima de coexistencia pacífica. La URSS y su nueva élite debían preservarse. Pero por otro lado, no eran hombres eficaces. Entendían mucho de socialismo, pero no tenían ni idea de lo que podía significar control de calidad. En un momento determinado, el 2% de la tierra cultivable en la URSS producía el 40% de las patatas. La explicación era sencilla. Ese 2% eran «jardines», la única tierra de uso privado cuyo rendimiento administraban sus propietarios individuales. Naturalmente nada resulta tan sencillo. Esos propietarios privados robaban fertilizantes y herramientas de sus granjas colectivas sin ningún pudor, y faltaban reiteradamente a su trabajo para cuidar sus huertos.
La corrupción y el absentismo laboral, otra lacra de la economía soviética.
Andropov trató de poner coto a todo aquello. De luchar contra el alcoholismo, la apatía, la corrupción y la ineficacia. Pero no pudo luchar contra el atraso de la medicina soviética. Una enfermedad renal acabó con él, dejando en el pueblo soviético la sensación de que su mundo caminaba hacia su destrucción.
Gorbachov era un enterrador. Un procrastinante. Tenía capacidad para hablar en público, para construir discursos vibrantes, pero no había nacido para gobernar. Le gustaba dar giras, discursos, asistir a conferencias… Todo lo que le alejase de la ingrata y aburrida tarea de aumentar la producción del campo o acumular reservas de divisas.
Y cuando el propio capitán se niega a gobernar su barco, a este sólo le queda hundirse.
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